Pasaron unas semanas y Daniel empeoró, y en lugar de recibir sanidad, el niño falleció. Pero los padres de Daniel siguieron orando a Dios y creyendo que Dios lo iba a levantar.

Daniel fue envuelto en unas sábanas y llevado a la morgue, en la que permaneció por ocho horas.

Estando en esa condición Dios lo resucitó, cumpliendo con la promesa dada a sus padres.

Esto causó una fuerte impresión a los empleados de limpieza que se encontraban en el lugar y a los médicos, que procedieron a hacerle las pruebas respectivas, descubriendo que Daniel no tenía ninguna consecuencia por la falta de oxígeno y que su cerebro estaba libre de la meningitis.

A la edad de 12 años Daniel y su familia se trasladaron a Houston, Texas, ciudad en la que vivieron durante cinco años.

Cuando Daniel tenía 17 años él y su familia volvieron a migrar, esta vez, a Caguas, Puerto Rico, ciudad en la que se establecieron definitivamente.